islas literarias solovki

Islas literarias poco apetecibles

Los dos últimos viajes que he hecho y he contado, a Tenerife y Mallorca, se corresponden con esa idea de islas a las que todos queremos viajar, que son al mismo tiempo paraísos naturales y lugares de relax. El concepto de isla, de pequeño pedazo de tierra aislado del mundo, es de por sí un escenario muy literario y ha dado lugar a grandes novelas, ya sea en islas reales o imaginarias. Sin embargo, dos de los últimos libros que he leído se han desarrollado en islas literarias a las que uno no quisiera ir, ni siquiera para vivir una aventura.

Mar blanco

En la novela de Claudio Giunta, tres italianos desaparecen en una inhóspita isla rusa y un periodista, paisano de los desaparecidos, se interesa por la noticia hasta el punto de salir en su busca. La isla en cuestión es una de las islas Solovki, situadas en medio del Mar Blanco que da nombre a la novela, tal vez llamado así porque permanece helado buena parte del invierno, y que se corresponde a uno de los golfos de la costa norte de Rusia, en pleno Océano Glacial Ártico.

A pesar de que el invierno dura buena parte del año, que la temperatura media apenas sobrepasa los cero grados y que el lugar está prácticamente aislado de tierra firme, resulta que la isla ha estado habitada desde la Edad Media por monjes y pescadores. El Monasterio que sobrevive allí desde esa época ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, aunque más tarde, el edificio y la isla se convirtieron en base militar soviética y en uno de los primeros campos de trabajo del régimen, los famosos Gulags que vieron morir de frío a infinidad de prisioneros.

Esta historia de la isla está muy presente en la novela porque los tres italianos desaparecidos hacen el viaje para colaborar con la UNESCO en la reparación del Monasterio, y porque el truculento pasado del campo de concentración sobrevuela el argumento.

Lo que encuentra el protagonista allí es frío, climatológico y humano:

“Eran las tres de la tarde, pero la lluvia caía tan espesa como para que las pocas casas del pueblo y los muros y la torre del monasterio que habíamos vislumbrado desde el mar parecieran desvanecerse. Estábamos ligeramente por encima de los cero grados”.

Un paisaje cubierto por el hielo y la turba, feo y desolador, pobreza extrema, habitantes huraños y sospechosos, y muy pocas ganas de resolver el misterio.

“Las Solovki están hechas de roca y de turba. Una capa de turba cubierta de abedules y de abetos. Cuando llueve, la turba se transforma en un barro tan espeso que caminar fuera de los caminos se vuelve imposible: las botas se hunden en el légamo igual que en una ciénaga”.

En esas circunstancias trata de encontrar a los desaparecidos, pero más que la resolución del caso en sí, el autor se centra en el viaje real e interior que realiza el protagonista y cómo la experiencia le marca hasta en el tono de sus descripciones:

 

“El hotel era una especie de chalet suizo edificado con materiales de tercera mano y masacrado por los inviernos. Las paredes exteriores eran una única mancha de humedad: como si el hotel hubiera estado en remojo durante años y lo hubieran colgado a secar solo unas pocas horas antes, debido a nuestra llegada. Y era septiembre”.

La Piel Fría

La Piel Fría es un apasionante best seller de Albert Sánchez Piñol que narra la historia de un irlandés desencantado con el mundo que se embarca hacia los mares del sur para aislarse durante un año en una remota isla. Su misión es recabar datos atmosféricos para una compañía holandesa, pero nada más llegar se da cuenta de que su principal objetivo será sobrevivir. En la isla no hay nada más que una cabaña, un faro y un extraño farero que acabará por convertirse en su único aliado contra un enemigo inesperado que les acosa incesantemente.

La isla literaria es ficticia, pero al parecer está inspirada en una “isla fantasma”, la isla Thompson supuéstamente situada entre Sudáfrica y la Antártida. Es fantasma porque aunque fue avistada y cartografiada en una par de ocasiones, las expediciones más recientes no la han encontrado, por lo que podría haber desaparecido tras una erupción volcánica o simplemente no haber existido nunca. Esta isla estaría situada cerca de la isla Noruega de Bouvet. Esta sí es real y está considerada la isla más remota del planeta ya que no hay tierra firme ni otras islas en un radio de 1600 kilómetros.

Igual que en el caso anterior, y probablemente en todas la islas literarias, el protagonista obtiene una primera impresión de la isla desde el mar:

“Al amanecer vimos la isla por primera vez. Hacía treinta y tres días que los delfines habían abandonado nuestra popa y diecinueve que la tripulación expelía nubes de vaho. […] Una tierra aplastada entre los grises del océano y del cielo, rodeada por un collar de espuma blanca. Nada más”.

Y una vez que realiza el desembarco, nos pone en situación de cuál será el escenario de todos los acontecimientos:

“Allí estaba mi futura residencia: una extensión que de punta a punta a duras penas alcanzaba el kilómetro y medio, en forma de letra ele. El extremo norte era una elevación granítica ocupada por el faro. Destacaba su altura de campanario […] Al sur, en el talón de la ele, una prominencia menor, asomaba la casa del oficial atmosférico. O sea, la mía. Una especia de valle estrecho en el que proliferaba la vegetación húmeda unía ambas construcciones. Los árboles crecían como un rebaño de reses, apretándose los unos a los otros, buscando refugio en los cuerpos ajenos. El musgo los abrigaba”.

El autor no necesita más para desarrollar una historia que, narrada en forma de diario, logra mantenerte en tensión capítulo a capítulo, y compartir con el protagonista unas ganas desesperadas por abandonar la isla. Para ello utiliza un lenguaje tan rico como este:

“Dentro del faro, entre penumbras de quinqués, nos llegan los ruidos fusionados con el viento, la lluvia y el mar, y esperamos el nuevo día, y esperamos, y seguimos esperando, y no podemos saber si llegará antes la luz o la muerte. Nunca hubiera pensado que el infierno podría ser algo tan simple como un reloj sin agujas”.

De esta novela se realizó la adaptación a una película que fue estrenada en 2017 en el Festival de Sitges y que se rodó en un lugar tan ajeno a ese rincón helado como es Lanzarote. Yo no la he visto, y tengo entendido que no alcanzó mucho éxito comercial, sin duda no al nivel de la novela, pero os dejo el trailer por si os llama la atención.

En definitiva, dos islas literarias a las que a uno no le apetecería viajar en la vida real, pero que entretienen bastante al leerlas. Os las recomiendo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.