Vamos a ponernos macaronésicos

Madeira no es una más de las Islas Canarias porque la deriva de los continentes no lo quiso así. El azar volcánico hizo que apareciera a unos 400 kilómetros de Tenerife en lugar de en algún punto entre La Gomera y La Palma donde en realidad parece que está. Para los que no estén al último detalle en Geografía, la macaronesia es ese espacio entre geográfico y mitológico formado por las islas del Atlántico: Azores, Madeira, Canarias, Cabo Verde, y unas islas “Salvajes” que he visto decenas de veces desde el avión y hasta ahora no sabia cómo se llamaban.

El caso es que todas estas islas comparten origen geológico y, a juzgar por lo que hemos visto estos días en Madeira, también muchas otras características.

El clima es suave pero sujeto a las nieblas de los alisios, que te pueden arruinar un día de excursión dejándote sin ver más allá de tus narices. La orografía volcánica es escarpada, abrupta, accidentada… hay que tirar de diccionario de sinónimos para poder describirla, con gargantas, barrancos y acantilados de vértigo. Tiene que ser una tortura para los ingenieros de caminos, pero las fotos quedan muy espectaculares, eso sí. La vegetación es frondosa, tanto, que se dice que para poder poblarla los portugueses prendieron fuego a la isla y se pasó 7 años ardiendo, de ahí el nombre de “madera” (Después de todo este tiempo resulta que los del chiste de Pinocho tenían razón).

Hasta la historia y la cultura de Madeira son una versión a la portuguesa de las de Canarias, con su colonización y sus viajes de Colón, su emigración a América, y su evolución turística. Pero también sus comidas, sus bordados, sus vinos y destilerías de ron ¡Si hasta las costas están llenas de plataneras!

Funchal, Madeira
Funchal, Madeira

Funchal es la capital de la isla y una de las ciudades más pobladas de Portugal, con unos 110.000 habitantes repartidos como buenamente han podido en un sinfín de casas bajas esparcidas a lo largo de una enorme ladera en la cara sur de la isla. La extensión y la inclinación hacen que parezca un laberinto de calles, barrancos y cuestas de infarto diseñado por un ingeniero loco. Hemos tardado más en entrar y salir de Funchal que en recorrer el resto de la isla.

Gracias a esta inclinación hay muchos miradores, como el Pico dos Barcelos (en la foto principal), desde los que se pueden obtener bonitas vistas de la ciudad derramándose hasta el océano. En el centro, la Zona Velha es la más antigua y lo que queda de la fundación de la ciudad en 1421: Unas callejuelas empedradas junto al Mercado de Lavradores, llenas de restaurantes con encanto en edificios muy antiguos pero con precios muy modernos, el doble de lo que encontramos en el resto de la isla. Sin embargo, el centro neurálgico actual está entorno a la Praça do Municipio, la Catedral y la Avenida Arriaga. En esta zona se suceden las calzadas tapizadas con dibujos de piedras de basalto y los edificios de la época colonial. Llegando al mar, la Marina es un enorme paseo junto al puerto donde cada día atraca un súper crucero y donde en algún lugar han colocado la famosa estatua de Cristiano Ronaldo como si fuera un descubridor más. Si me preguntan, diré que es muy recomendable hospedarse en torno a esta zona y no en el Lido donde se amontonan los resorts, pero tampoco es que lo haya explorado al detalle.

Funchal es además el lugar ideal para recorrer la isla, siempre que uno no se pierda en la maraña que forman sus calles. En próximas entradas de Viajeros Infrecuentes, en primicia, la mejor manera de recorrer Madeira. No cambien de canal.

 

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