Unas horas en Estambul

Estambul es una ciudad enorme. Con 14 millones de personas sería las más grande de Europa si no fuera porque la mayor parte está en Asia. Es además una ciudad milenaria con infinidad de lugares de interés histórico y atractivos turísticos. Desde luego merece la pena pasar en ella varios días, no solo para recorrerla entera, sino también para envolverse del ambiente y ritmo de una ciudad a caballo entre dos continentes y diversas culturas… Nosotros en cambio estuvimos ocho horas. La razón fue el medio de transporte elegido, pero aún así no estuvo nada mal.

Es una gran experiencia adentrarse en barco en el Estrecho del Bósforo, Asia a un lado, al otro Europa y allá a tu frente Estambul. Solo nos faltaban unos 100 cañones por banda para sentirnos piratas. Nos adentramos en la bahía al amanecer y nos sorprendimos al ver cómo la luz del sol nos iba descubriendo más y más ciudad, salpicada de minaretes, murallas y edificios antiguos hasta donde alcanzaba la vista en ambas orillas. Atracamos en el puerto, situado en la desembocadura del Cuerno de Oro que divide en dos el lado asiático de la ciudad y lo primero que hicimos, preocupados por la falta de tiempo, fue acercarnos a la ciudad vieja para asegurarnos de que al menos pisábamos el lugar más emblemático: La plaza que separa en escasos metros los principales monumentos de la ciudad, Santa Sofía y la Mezquita Azul. Es también un buen lugar para observar con decepción la longitud de las colas de turistas para poder visitarlos. Como no tenemos paciencia ni conciencia, nos fuimos de allí sin siquiera intentarlo y nos lanzamos a nuestro recurso habitual: El autobús turístico que nos dio una instructiva vuelta de dos horas por toda la ciudad. Cruzamos los puentes sobre el Cuerno de Oro, pasamos por la Torre Galata, dimos un buen repaso a las antiguas murallas, vimos de lejos el Palacio Topkapi y hasta pasamos entre el tráfico turco junto a la plaza Taksim, que en ese momento aparecía en todos los informativos por las revueltas contra el gobierno.

Cuando volvimos a nuestro punto de partida descubrimos con sorpresa que las colas de turistas no eran ni la mitad que a primera hora de la mañana. Así que aquí va, por una vez, un consejo útil de viajero infrecuente: evita las muchedumbres de primera hora, cuando los cruceros llegan a la ciudad. O dicho de otro modo, no siempre la organización juega a tu favor, listillo. Primero nos dirigimos a Santa Sofía, y aún tenemos opiniones contradictorias acerca de si nos colamos o no porque entramos demasiado fácilmente. Santa Sofía o Hagia Sofía se llama así, sin ningún otro denominador, porque no está muy claro lo que es: ha sido templo ortodoxo, catedral católica, mezquita musulmana, museo de arte… un poco de todo, como en los bazares chinos, y a pesar del paso de tanto culto, aún conserva una belleza monumental. La inmensa cúpula es lo más impresionante, pero los entendidos en arquitectura podrán apreciar el mejor ejemplo del estilo bizantino.

Mezquita Azul desde Santa Sofía
Mezquita Azul desde Santa Sofía

Al salir nos dirigimos hacia la Mezquita Azul. Ojo, si vais buscando una mezquita azul y no la encontráis, no desesperéis, que hay truco, el azul va por dentro, como las procesiones, pero es inconfundible por ser la más grande de la ciudad y la única con seis minaretes. Tuvimos más o menos la misma suerte y al poco de llegar, después de pasar por los grandes patios, ya estaban intentando cubrirnos las rodillas para entrar al templo con un poco de dignidad, si es que se puede calificar de digna nuestra pinta con pareo. Lo mejor de la mezquita es la decoración de azulejos, las pinturas azules y las cristaleras por donde entra la luz. Lo más curioso, los huevos de avestruz en las lámparas.

Tuvimos aún tiempo para visitar la Cisterna Basílica. ¿Y esto qué es? Os preguntaréis. Pues es un enorme depósito subterráneo de agua de la época bizantina. Tras una entrada modesta bajamos unas escaleras de piedra y encontramos un espacio amplísimo, húmedo y oscuro, medio inundado e iluminado por una luz tenebrosa entre un sinfín de columnas. Es el escenario perfecto para una peli de miedo y el único incentivo para adentrarte en la oscuridad sobre una pasarela entre las columnas, es buscar las enormes cabezas de las Medusas. No las de mar, las mitológicas, esculpidas en piedras enormes que se utilizaron para la base de dos de las columnas.

Casi a la carrera dimos una vuelta por el Gran Bazar. En realidad varias vueltas, porque es tan grande que es fácil perderse. Yo que me imaginaba que sería como un gran rastro lleno de camisetas chistosas y gafas de sol de imitación, y resultó ser un laberinto de túneles lleno de especias, telas, joyas, artesanía… muy auténtico, al menos en apariencia.

Y si creéis que ocho horas no dan para nada, lo único que echamos en falta fue poder tomar algo bajo el Puente Galata antes del volver al puerto. Volveremos.

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