Un puente italiano

Italia tiene tanto que ver, que habría que planear concienzudamente cada viaje para poder aprovecharlo al máximo. Nosotros, en cambio, planeamos nuestro itinerario en función del precio de los vuelos low cost. Ese fue el principal motivo por el que el año pasado decidimos visitar Bolonia, Florencia y Pisa de una tacada en un puente de cuatro días.

Cuando llegamos a Bolonia y descubrimos su encanto medieval, sus calles empedradas, sus cúpulas y sus torres, solo pudimos pensar una cosa: Qué buen sitio para un botellón. Y es que Bolonia, a pesar de que su casco antiguo es una de las áreas medievales más grandes de Europa, es una ciudad joven. Se calcula que del millón de habitantes que tiene el área metropolitana, 100.000 son estudiantes, porque si por algo es conocida Bolonia es por su Universidad. Es tal vez la más antigua del mundo occidental, fundada en 1088, y por ella pasaron Dante, Petrarca, Erasmo, Copérnico, y ahora un montón de modernos italianos con gafas de sol y pantalones de pitillo que inundan la ciudad con sus vespas y sus birras y decoran las paredes con los graffitis más poéticos que he visto fuera de Malasaña.

Cuando llegamos a la ciudad era festivo, pero los aledaños de la Universidad estaban llenos de gente bebiendo en la calle y había fiesta y conciertos en la Piazza Maggiore, que como habréis adivinado gracias a vuestro talento innato para los idiomas, es la Plaza Mayor. Éste es el centro neurálgico de la ciudad y está rodeado de emblemáticos edificios construidos entre los siglos XIII y XVI, como la Iglesia de San Petronio y diversos palacios como el del Podestá que es la sede del Ayuntamiento. Además desde aquí salen varios pintorescos callejones llenos de bares, restaurantes y tiendas, que merece la pena recorrer.

Sin embargo, el monumento más representativo de la ciudad está un poco más alejado de allí, en la confluencia de dos calles donde se alzan las dos Torres medievales que caracterizan el skyline de Bolonia. Ambas están inclinadas, porque debe ser que en Italia se hacen las torres así, y una mide casi la mitad que la otra, como si se hubiera derrumbado en algún avatar de la Historia, aunque en realidad la construyeron así de mocha.

Pero dejémonos de banalidades históricas y artísticas, Bolonia es conocida internacionalmente por dos aspectos fundamentales: 1. El tratado de educación que lleva su nombre y trae a los estudiantes europeos por el camino de la amargura, y 2. La deliciosa salsa de carne que inventaron aquí para gloria de la gastronomía universal. Con el primero no pudimos hacer nada, pero no nos fuimos de allí sin catar un buen plato de tagliatelle boloñesa en uno de los callejones peatonales del casco antiguo.

Bolonia, Italia
Bolonia, Italia

 

Florencia nos recibió con mal tiempo y con chulería. Es algo así como la niña repelente de las ciudades italianas, tan perfectita ella, que si la más bonita, la más culta, la más artística… Hubo un tiempo en el que todo lo importante pasaba en Florencia, pero ahora lo que pasan son los turistas. Miles y miles de turistas en las calles, haciendo cola para todo, para entrar en cualquier sitio, para subir a todas partes. Reconozco que yo no tenía las expectativas muy altas, como cuando te hablan tanto de una película que todo el mundo ha ido a ver y cuando la ves, puff. Pero no, cuando recorríamos las calles estrechas, empezamos a vislumbrar, entre los huecos que dejaban los edificios, una cúpula, y luego una pared, una ventana, una cornisa de algo que parecía muy grande, enorme. Y cuando por fin llegamos a la plaza del Duomo y vimos en todo su esplendor la Catedral de Santa María del Fiore, junto al Campanario y al Baptisterio, ya mereció la pena todo el viaje. Fue como recibir una cura de humildad para todos los que alguna vez hemos presumido de las catedrales españolas. No hay color. De hecho no hay color porque las nuestras son grises y apagadas por el paso del tiempo, y ésta es una virguería de mármoles de colores.

A partir de ahí es todo un no parar de edificios, fuentes, plazas, palacios, puentes, monumentos… No me extraña que a Stendhal le diera un vahído con todo lo que hay que ver. Entre los básicos, está la Piazza de la Signoria donde se encuentra el Palazzo Vecchio y la Galería Uffizi y donde en su día ejecutaban a algún personaje célebre de vez en cuando, para aprovechar el espacio. Desde allí se puede seguir con la vista el pasadizo Vasari, imaginándonos a los Medici urdiendo alguna trama de camino al Ponte Vecchio que cruza el Arno, donde también tiraban a alguien de vez en cuando. Los florentinos serían muy artistas, pero también eran de cuidado.

Es tan difícil abarcar toda Florencia en tan poco tiempo que ni nos planteamos ver los museos. Bueno, quién quiere museos habiendo en las calles pizza y birra (esto suena macarra, pero es italiano) pero sí que hicimos una merecia excepción para ver el David de Miguel Ángel en la Galería de la Academia.

Aquí entre nosotros, yo creo que a Stendhal le dio una fatiga de tanto caminar. Para admirarlo todo de un vistazo, lo mejor es una   panorámica, como la que encabeza esta entrada, desde los alrededores del Piazzale Michelangelo al otro lado del Arno.

Pisa, Italia
Pisa, Italia

¿Y en Pisa? ¿Hay algo más que ver en Pisa aparte de la torre? Pues mira, no lo sé. No nos dio tiempo a verlo. Nosotros llegamos por la mañana en el tren y nos fuimos directos siguiendo a los turistas, atravesamos el Corso Italia, cruzamos de nuevo el Arno por otro puente italiano y por fin llegamos a ese escenario mundialmente conocido que consta de una catedral, una torre inclinada, y unas docenas de extras que ponen las manos en el aire para hacer que sujetan la torre.

No tuvimos tiempo para más. Salvo para comernos un buen plato de pasta y volvernos con buen sabor de boca.

 

 

 

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