Un percance lo tiene cualquiera

Puedes ser previsor y haberte vacunado de todo lo que tenías que vacunarte, llevar un botiquín para emergencias, evitar por costumbre actividades y situaciones de riesgo, pero eso no impide que un buen día, mientras estás de viaje, de la manera más tonta vas y te rompes algo. Y entonces ¿qué?

A una semana de terminar el viaje por Tailandia me dieron un golpe en el pie al que al principio no quise dar mucha importancia. Dolía sí, pero fui capaz de moverme y hasta de bañarme en una de esas playas paradisíacas, con la actitud del director de circo que sigue gritando “aquí no ha pasado nada” mientras los leones devoran al domador. A medida que avanzaba el día, el dolor y la hinchazón aumentaban, y aunque yo me resistía a valorar los daños, no había más que ver el surco que iba dejando mi pie al arrastrase por la arena para saber que algo no iba bien.

Una vez superada la fase de negación, tomé un ibuprofeno que redujo el tamaño del pie a tan solo el doble del habitual y con ese cabreo que te da el vislumbrar que se te estropean las vacaciones, pero con el alivio de contar con un seguro de viaje, finalmente acudí al centro médico que me indicaron. Se trataba de una clínica muy moderna y sofisticada, sobre todo en comparación con el entorno, que parecía más dedicada a la cirugía estética que a las urgencias de traumatología. Había que entrar descalzo, dejando los zapatos en la puerta, pero a estas alturas no había calzado que contuviera mi pie, así que aquello no fue algo que me preocupara. Nos recibió una señorita sonriente con maneras de Relaciones Públicas que me invitaba a sentarme en cómodos sofás, mientras me indicaba que mi seguro médico ya había dado las instrucciones oportunas. Aún con la duda de si esas instrucciones se referían a mi pie o a cualquier variedad de lifting o tratamiento de botox que allí se ofrecía, me llevaron hasta un doctor auténticamente tailandés, con frondoso peluquín, bigote ralo y pronunciación extraña del inglés (Tengo grandes sospechas de que ese médico de dudosas habilidades de los Simpsons está basado en este hombre).

Viajeros infrecuentes - muletasEn total estuve tres horas, incluyendo un viaje en coche hasta otro centro para hacerme una radiografía, y cuando por fin confirmaron que tenía dos huesos rotos, se avinieron a ponerme la escayola que aún me acompaña, no sin antes consultar por FaceTime con un especialista cómo aplicar el yeso… ¿? Definitivamente el extraño doctor debía ser solo el encargado de pinchar el botox. Para rematar la asistencia me vendieron -porque el seguro no lo cubre- unas muletas de héroe de la Gran Guerra que fue lo más caro que compré en todo el viaje a Tailandia, noches de hotel incluidas.

 

¿Habéis viajado alguna vez con una pierna escayolada?

No sabía yo que las líneas aéreas ponían tantos reparos. Después de unos días de reposo hotelero con vistas al mar -porque la ocasión lo merecía- pudimos volar desde Phuket a Bangkok con relativa facilidad, dentro lo que cabe. Sin embargo una vez en Bangkok supimos que Emirates Airlines tiene sus requisitos para poder volar con escayola y no es tan fácil conseguir la autorización. Se supone que un comité médico debe valorar cada caso y permitir, o no, volar al pasajero. A mí nunca me respondieron. Desde aquí les digo que si siguen valorando mi caso, que ya no se molesten.

Después de diversas llamadas que aún no he querido cuantificar, conseguí averiguar que una de las exigencias es llevar la escayola partida para evitar que el pie se hinche y se creen trombos. Antes de intentar abrirla yo mismo con el cuchillo de untar del desayuno, llamé de nuevo al seguro y me buscaron algún lugar en Bangkok para hacer la operación.

Con el fin de superar la impresión de la clínica de Phuket, en este caso me enviaron a un gran hospital que no conseguí diferenciar de un hotel 5 estrellas. Tal vez la única diferencia es que en lugar de llevarte las maletas en un carrito te llevan a ti en silla de ruedas de la recepción al salón. En el hall, un cuarteto de música amenizaba los mostradores donde los pacientes se acercaban a desembolsar fajos de billetes, y a los que yo acudí con el corazón y la cartera en un puño hasta que me confirmaron que todo estaba cubierto por el seguro. Una vez abierta la escayola con esa especie de radial que no estás muy seguro de cómo ha conseguido cortar el yeso sin llevarse piel y huesos por delante, me firmaron un certificado médico que me autorizaba a volar y me echaron de nuevo a las calles de Bangkok.

Afortunadamente funcionó, y aunque en el aeropuerto me preguntaron por todos los detalles y me mirarViajeros Infrecuentes - silla de ruedason y remiraron la escayola por arriba y por abajo, finalmente me dejaron volar, y hasta me consiguieron un asiento vacío a mi lado para tener más espacio. Dentro del avión, os podéis imaginar, en 7 horas hasta Dubai y otras 6 hasta Madrid, inventé posturas dignas de medalla de oro en el ejercicio de suelo de gimnasia artística. Sube la pierna, baja la pierna, dóblala así, esquiva a los que vienen por el pasillo, estrújala debajo de la bandeja, que viene la comida, desenrolla el cable de los auriculares que tienes entre los dedos, en fin… El vuelo se hizo tan largo como lo que tardaron en llevarme en silla de ruedas desde el avión a la recogida de equipajes de la T4. Pero ya me daba igual, ya he dicho que la T4 es como mi segunda casa y si no intenté besar el suelo al llegar fue por no romperme los piños además del pie.

No sé cuánto tardará la recuperación, pero de todo esto me quedo con el consejo clave que espero que todo el mundo tenga en mente: viajad siempre con seguro de viajes, que un percance lo tiene cualquiera.

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