Primeras impresiones desde Bali

Llevamos dos días recorriendo Bali. Escribo esto desde la terraza de nuestro hotel en Candidasa, al este de la isla, con vistas al estrecho de Lombok. Es el tercer lugar donde haremos noche después de haber pasado por medio Bali junto a nuestro guía balines, que se llama -atención- Triana (Ole).  También nos acompaña un conductor viejecillo y sonriente al que, por el bien del entendimiento internacional, llamamos Pablo, aunque creo que todo el español que sabe decir es «de nada». Él es el encargado de sortear el increíble enjambre de motos que se mueven por estas carreteras con un extraño sentido animal que les impide chocar unas con otras a pesar del caos.

Pero empecemos por los conceptos básicos: Bali es una más de las miles de islas que forman Indonesia. En concreto, una isla con forma de gallina llena de templos y resorts en la que, al contrario que en el resto del país, no se practica el Islam, sino mayoritariamente el Hinduismo.
Hasta ahora desconocía las prácticas de los hindúes y no sabía que además de los templos ‘públicos’, deben de tener templos en cada casa, en cada establecimiento comercial, en cada comunidad, cada linaje, y básicamente en cada esquina. Decir que en esta isla hay más templos que en Roma es quedarse corto.

Ya hemos visto decenas de ellos, algunos más discretos y otros más espectaculares, entre los que destacan el de Tanah Lot, construído encima de un peñasco que queda aislado por el agua cuando sube la marea del Océano Índico. También es digno de ver el de Ulundanu construído a la orilla del lago Beratan y, sobre todo, el de Besakih, considerado el templo»madre», con un conjunto de más de 30 templos construidos a la falda del volcán Gunung Agung, el más alto de la isla.

Además, hemos visto algunas de las innumerables ceremonias que se hacen por cualquier motivo. Si pensábamos que bodas, bautizos y comuniones eran demasiado, aquí se hace una ceremonia hasta para estrenar un coche, aunque sea de segunda mano, no os digo más. Las ceremonias van siempre acompañadas de comida en modo de ofrenda a los dioses o a los espíritus, de la música de gongs y xilófonos, y de vivos colores que varían según el dios en cuestión. Digno de ver, lo comparas con una misa y no hay color.

Entre templo y templo lo que hacemos es comer, básicamente, estamos probando con gusto la cocina autóctona: nasi gorem, arroz frito, rollitos, noodles, incluso el café de Luwat, que se elabora con el grano que previamente ha comido, digerido y expulsado un pequeño animal llamado precisamente Luwat. Oye, allá donde fueres, haz lo que vieres. No pongáis esa cara.

Aquí lo dejo por hoy, que hay que descansar y disfrutar del hotel, y otro día os hablo del lujo asiático, pero sin recochineo ni nada.

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