Phuket, Tailandia

Paraísos no tan perdidos en Tailandia

Uno de los objetivos que llevábamos en mente al visitar Tailandia, era disfrutar de esas playas paradisíacas que lucen sus aguas cristalinas en los folletos turísticos y en las fotos de la gente a la que envidiamos. Las circunstancias nos impidieron visitar todas las que teníamos planeadas, pero sí que pudimos apreciar algo en Phuket.

Phuket es una gran isla al sur de Tailandia que se ha convertido en uno de los grandes centros turísticos del sudeste asiático. Cuenta con su propio aeropuerto internacional y a lo largo de su costa se suceden numerosas playas para todos los gustos, grandes o pequeñas, tranquilas o animadas, aptas para el surf, para el submarinismo o para simplemente tirarse a descansar y mirar pasar las nubes.

Nosotros nos quedamos en la zona de Patong Beach que cuenta con una enorme playa de arena blanca y tiene a mano todo lo que uno pueda necesitar: Restaurantes asiáticos y occidentales, bares de música en vivo y en play back, espectáculos de moral más o menos distraída, centros comerciales, centros de masaje, cafeterías con vistas y hoteles de lujo a precios de risa… Sin embargo, hay que reconocer que la infraestructura hotelera, el ocio nocturno y la superpoblación turística, incluso en temporada baja, restan algo de atractivo a unos paisajes que se adivinan espectaculares si fueran aún salvajes.

En busca de más de esos paisajes, nos embarcamos en una de las excursiones más populares en Phuket, que consiste en un viaje en barco para visitar algunas islas más pequeñas del Mar de Andamán. He de decir que aquel día el tiempo jugaba en nuestra contra y en un principio estuvimos más pendientes del cielo y la altura de las olas que del paisaje, de hecho el capitán nos advirtió que debido al viento tendríamos que cambiar el itinerario previsto, así que en realidad ni siquiera sabemos que islas visitamos finalmente.

Durante una hora que se nos hizo eterna nos adentramos en aquel mar de aguas turbulentas, dejando atrás las costas de Phuket y rebasando lo que parecían islotes abandonados, que bajo el plomizo cielo de tormenta adquirían un aspecto más fantasmagórico que paradisíaco.

Cuando finalmente el barco comenzó a aminorar la marcha, comprobamos que nos dirigíamos a una pequeña isla de altas paredes de piedra sobre las que se asentaba una vegetación tupida de un verde negruzco de ramas y tallos intrincados e inaccesibles, y de los que, al acercarnos, parecían provenir gritos espeluznantes.

Nuestro barco avanzó lentamente hacia un recodo que formaban las paredes de la isla y solo al acercarnos descubrimos que se trataba del estrecho acceso a Phuket, Tailandiauna bahía. Fue la casualidad, o algún efecto del microclima local, o quizás la porción de suerte que cada uno debe tener en sus vacaciones, el caso es que al adentrarnos en la bahía el sol hizo acto de presencia iluminando los acantilados y coloreando sus bordes de un verde intenso, allí donde los monos gritaban alegremente desde las copas de los árboles.

Abajo, el azul oscuro había dado paso a unas aguas tranquilas y cristalinas de color turquesa que reflejaban un sol radiante. Nos bañamos, observamos los peces de colores, desembarcamos en una pequeña y solitaria playa de arena blanca, y nos volvimos al caer la tarde con la sensación de haber descubierto un lugar casi imaginario.

Ni siquiera sabemos si finalmente estuvimos en la isla en la que rodaron La Playa, o  la playa en la que rodaron Piratas del Caribe, o la bahía en la que hacía cabriolas el penúltimo James Bond. La gracia está en creerte que es tu paraíso particular. Con sol, eso sí, el sol lo cambia todo.

 

 

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