El mejor lugar del mundo para comer

Un amigo me ha pasado este artículo sobre las mejores ciudades del mundo para comer y yo, que soy muy obediente, no solo lo he leído, sino que me dispongo a comentarlo e incluso a criticarlo. Soy un bloguero intrépido.

El artículo en cuestión asegura que una de las mejores experiencias al viajar es la de probar nuevas comidas. Totalmente de acuerdo, y solo me cabe añadir que también puede ser una de las peores. Aún recuerdo que en Varsovia, alentado a probar la típica cocina polaca, y ante la atenta mirada de mi anfitrión, me comí enterita una cazuela llena de hígados de cisne. No era paté, no, eran hígados enteros cubiertos por una salsa negra alquitranada a la que se pegaban una horribles semillas amargas. Aún me dan náuseas cuando me hablan de Polonia.

Pero a lo que iba, con esta manía que tiene el hombre moderno de elaborar rankings para todo como si nuestra vida fueran los 40 principales, el autor elabora una lista muy subjetiva, y no por ello más o menos acertada, de los mejores lugares del mundo para comer. El principal fallo que le veo es que no siempre se ciñe a platos típicos de una región, por lo que hablar de «comida», así en genérico, en algunas ciudades tan hiperdesarrolladas y cosmopolitas donde hay un restaurante étnico en cada esquina y otro de fusión en la de enfrente, resulta un poco vago. Y si además incluyes toda la oferta gastronómica de una ciudad en un mismo saco, igual se pierde un poco de detalle. Por ejemplo, habría que ser muy necio para decir que en París se come mal –otra cosa es que el precio se te indigeste- pero en mi última visita tuvimos algún incidente de fritanga y pelos que no voy a detallar. Por otra parte, nos hemos pasado la vida criticando lo mal que comen los ingleses, y sin embargo, una vez que te apartas de los fish&chips, encuentras restaurantes y hasta puestos callejeros en Londres que te hacen querer solicitar la entrada en la Commonwealth.

20130129_190830-carne-argentinaHubo un tiempo en que comer durante los viajes era para mí algo muy secundario, lo suficiente para mantenerme en pie y seguir caminando. Me daba la sensación de que había tantas cosas que ver que uno no podía perder tiempo sentándose a una mesa. Fueron tiempos gloriosos en los que sucedía algo tan increíble como volver de mis vacaciones más delgado de lo que me fui, a base de ejercicio turístico y dieta de monumentos. Ahora que he madurado y aprendido a engordar del turismo gastronómico, pondría en mi lista particular -porque todos tenemos derecho a hacer listas subjetivas- algunos destacados como la carne argentina, especialmente las parrillas que nos metimos entre pecho y espalda en la Patagonia, y con las que temimos que nunca más volveríamos a apreciar la carne europea. Afortunadamente de todo se sobrepone uno, salvo de los hígados polacos.

aji-2-1Destacaría también, por ejemplo, la pasta, que se supone que es tan fácil de cocinar, pero que sabía mejor que nunca en restaurantes escondidos de Bolonia y Roma. Los camaroes alho e oleo que devorábamos como dieta principal en la isla de Morro en Brasil no eran más -ni menos- que langostinos con ajo y aceite, pero qué bien sabían, con el sol calentando los pies, y el mar y las palmeras de fondo.

Pero si tuviera que escoger un número uno, creo que sería Perú, no sólo Lima, sino también Arequipa y Cuzco, e incluso un hotel al borde del lago Titicaca donde comimos un ají de gallina con marisco que aún se me saltan las lágrimas al recordarlo. La comida peruana no sólo es deliciosa sino que es muy variada y la relación calidad-precio es imbatible. Por no hablar de los efectos del Pisco Sour que tal vez invaliden la objetividad de cualquier paladar.

Por lo demás, me resisto a hablar de la comida española, para no pecar de chovinista y para no alentar rencillas regionales, que ya se sabe que sobre gustos no hay nada escrito, pero al final es de lo único que escribimos.

¿Alguna sugerencia para la lista?

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