La vida después del palo de selfies

Fue en Italia, 500 años después de que Da Vinci intentara revolucionar el mundo con sus inventos. Yo pasaba un apacible fin de semana de otoño en Roma, con esa tranquilidad que da visitar una ciudad por segunda vez, sin la presión por verlo todo. Creo recordar que el primero que vimos fue junto a la Fontana de Trevi: un vendedor callejero que en lugar de Kleenex, mecheros o pollitos bailarines, ofrecía un artilugio para hacer fotos, algo que hasta entonces solo habíamos visto en vídeos de youtube de deportistas y blogueros horteras. Poco a poco los vendedores se fueron multiplicando, ocupando todas las esquinas de la ciudad, observándonos, como en la película de Los Pájaros, con su palos amenazantes en alto. Estaban en El Panteón, en la Piazza Navona, en el monumento a Vittorio Manuele. Teníamos que apartarlos a manotazos como a mosquitos, como a los relaciones públicas de los bares. Cuando cruzamos el Tíber a la altura de Castel Sant’Angelo estaba claro que aquello era una plaga. Yo le echaría un nivel 4 en la escala de la OMS.

Sin embargo, ya en el Vaticano tuvimos una revelación -porque es un lugar muy apropiado para tener revelaciones, a todo el mundo le puede pasar- y decidimos grabar un vídeo gracioso e irreverente frente a la basílica de San Pedro -porque es un lugar muy apropiado para hacer irreverencias, a todo el mundo se le puede ocurrir. Y entonces sí, necesitábamos el palo y había que entrar en acción. Dejamos que se nos acercara uno de los mercaderes del templo y, con la actitud de quien compra droga en un banco del parque -así, de medio lado, sin mirar directamente a los ojos y hablando entre dientes- regateamos hasta quedarnos con el palo por cinco tristes euros que se amortizaron en los minutos siguientes, solo con ahorrarnos el pedir a extraños que nos sacaran fotos. En ese momento aún no sabíamos que teníamos en nuestras manos el mayor invento desde el espejo. Todo lo que quedaba por ver, el Campo di Fiori, el Foro, el Coliseo, el Circo, hasta la Birrería Peroni, todo lo retratamos con enfoque aéreo como aquel programa de la 2, A Vista de Pájaro.

A Madrid nos volvimos tan ufanos con nuestro álbum de Roma desde el cielo y de repente, en las Navidades de 2014, el palo de selfies se convirtió en lo más popular, lo más vendido, lo más usado. El palo de selfies fue la Ana Obregón de 2014, con menos curvas, pero con más utilidad. La revista Time lo incluyo como uno de los mejores inventos del mundo y en todas las tiendas de regalos, tecnologías, telefonía y las 4 tiendas de fotos que aún existen, se vendían palos al módico precio de 25 eurazos.

Hay un término de marketing en inglés, early adopters, que define a esas personas que sienten una oscura satisfacción por estar más avanzados que el resto de la humanidad en cuanto a la última tecnología. Son los que lo saben todo y lo tienen todo antes que nadie y sienten que se les llena el pecho cuando entornan los ojos y dicen “yo ya lo tengo hace tiempo”. Resumiendo, son los que hacen cola bajo la lluvia para comprar el último iphone mientras nosotros les vemos en el telediario y nos preguntamos “¿pero qué hacen ahí, por dios, es que esta gente no conoce los bares? Pues por una vez me sentí uno de ellos. Yo ya hacía tiempo que tenía mi palo de selfie cuando todo el mundo las pasaba canutas para envolverlo en papel regalo.

Fui un iluso, lo sé ahora que he descubierto que la primera versión del palo se inventó en 1983, y que en 1995 los japoneses ya lo habían incluido en un catálogo de inventos inútiles. Tal vez por eso parece que el palo de selfies ha pasado ya por todo el ciclo de la moda y en cuestión de meses ha pasado de ser trendy a ser comercial y por último a ser aborrecido. El mismo ciclo de vida que las barbas, los pantalones pirata o las mayorías del PP.

Sin embargo yo pretendo seguir utilizándolo en todos los viajes, para sacar fotos desde ángulos imposibles, para que no parezca que los viajeros infrecuentes viajan siempre solos, o para que no nos quedemos sin cámara al pedirle un retrato conjunto a un extraño. Eso sí, ahora que le he cogido el gusto a ser un adelantado a mi tiempo, tendré que usarlo con actitud vintage, como si lo viéramos en sepia ¿Os acordáis del palo aquel que estuvo de moda a principios de 2015? Pues yo tengo uno, auténtico, original, italiano, tío.

Dicho esto, debo confesar que al primer viaje que hice después de comprarlo, me lo dejé en casa.

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