La decadencia de Lisboa

Lisboa tiene el nada desdeñable mérito de haber conseguido que el adjetivo “decadente” sea positivo. “¿Qué si me gustó Lisboa? Sí, mucho, tiene un encanto… Decadente”. Tiene edificios viejos con azulejos descoloridos, ventanas desportilladas y tejas rotas, calzadas adoquinadas de aquella manera, tranvías de la posguerra… Y aún así es preciosa. En una brillante estrategia de marketing, en lugar de invertir millones en restaurar sus calles y edificios, los lisboetas han esperado a que lo vintage se pusiera de moda para colocarse en todo lo alto de la modernidad.

Acabamos de volver de Lisboa, y en esta visita hemos aprovechado para recorrer con calma algunos de los rincones más sugerentes de la ciudad. Nos hospedamos en el Chiado, el barrio donde está la famosa Rua Garret con los almacenes Chiado en un extremo y en el otro A Brasilera, el bar-cafetería que ha inmortalizado a Pessoa con una estatua viendo pasar el trajín de peatones y tranvías. Desde aquí iniciamos todos nuestros paseos sobre esas típicas aceras lisboetas, pavimentadas con piezas irregulares de piedra caliza especialmente pensadas para que cuando llueva te resbales y cuando salga el sol te deslumbren. No quiero pensar cuánto habrá pagado ya el ayuntamiento de Lisboa en concepto de indemnización a los viandantes, pero qué bonitas quedan. Como decía, desde aquí visitamos zonas tan emblemáticas de la ciudad como la peatonal Vía Augusta que llega hasta la monumental Plaza del Comercio; pasamos por la vieja estación de tren, llegamos a la nueva zona de moda de la Morería y visitamos la Plazas de Rossio donde es imprescindible tomar la típica Ginja, licor de guindas que da ánimo para el ascenso hacia el otro lado de la ciudad.

Rua do Comerço, Lisboa
Rua do Comerço, Lisboa

Lo malo de la orografía de Lisboa es que te pasas la vida subiendo y bajando cuestas. Los lisboetas tienen unos gemelos como para ganar el tour de Francia. Lo bueno es que cada dos por tres te encuentras con un mirador con vistas a un nuevo paisaje encantador de los tejados de Lisboa, unos con el Tajo de fondo, otros con el Castillo de San Jorge, todos para ser retratados con un filtro sepia de instagram. En el Chiado está el mirador de San Pedro de Alcántara y no muy lejos, junto al Convento do Carmo, que -atención a la paradoja- se conserva derruido, está el famoso elevador de Santa Justa sobre el cual hay un espectacular mirador 360 grados. Donde quiera que mires, la vista es espectacular. También los miradores de Alfama, como el de Santa Luzia, cerca de la Catedral, dan otra perspectiva del río y la ciudad. Y uno más, tal vez no tan conocido por los turistas, aunque sí por los Erasmus, es el mirador de Santa Catarina, en un extremo del Bairro Alto, con vistas al puente de 25 de abril y además una conocida zona de botellón.

Mirador de Santa Luzia, Lisboa
Mirador de Santa Luzia, Lisboa

Hace un par de párrafos cuando he dicho elegantemente que nos hospedábamos en el Chiado, me ha faltado decir que el hotel estaba convenientemente situado a las puertas del Bairro Alto con su perenne ambiente de fiesta en tascas, bares y en plena calle. Los callejones del barrio estás atestados cada fin de semana por una mezcla de jóvenes locales, turistas y estudiantes extranjeros que se reparten en locales para todos los gustos, desde los bares más estilosos con dj residente hasta tugurios de mala muerte pasando por tascas tradicionales en las que, si tienes suerte, te puedes encontrar una actuación de fados en directo como en la Taberna do Chico. En cada uno de ellos se beben los típicos vinos portugueses, caipirinhas o cervezas, según el momento de la noche. Pero para empezar, merece la pena tomarse algo en el curioso Pavilhao Chines, una cafetería o bar, o qué sé yo, situado en lo que fue un antiguo bazar o mercería y que ahora es un auténtico museo. Un museo decadente, como Lisboa entera.

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