Pues ya está, ya hemos vuelto. Se han acabado las fiestas y cada quien y cada cual ha hecho ya el viaje de vuelta, arrastrando los pies, a su rutina del nuevo año. Que es nuevo, sí, pero de momento parece igual que el anterior.
La Navidad es la época del año en que se concentran mayor número de desplazamientos por tierra, mar y aire. Y salvo algunos descastados, que escogen estas fechas para alejarse del mundanal ruido navideño, y se escapan a destinos exóticos e incongruentes, la mayoría de los viajeros navideños practican el turismo familiar, en el sentido turronal del término. Vuelven, a casa vuelven, los ciudadanos, y una vez en sus pueblos o ciudades de origen, se embarcan en un tour de casa en casa o de bar en bar, según las costumbres de cada uno, para asegurarse de que no queda pariente o amigo con el que brindar por las fiestas.
Todos nos sabemos la entrañable peregrinación. Lo vemos en los anuncios, en las películas que se estrenan o se reponen para la ocasión, o en los especiales de Navidad de las series de moda. Lo comentan hasta en los informativos, micrófono en mano, en las terminales de llegadas. Y lo vivimos, claro, en primera persona, los que tenemos un lugar al que desplazarnos en las fechas señaladas.
Pero poco se habla del viaje de vuelta. Nadie se preocupó por contarnos cómo volvieron los Reyes Magos a sus reinos de origen (¿Les guiaba otra estrella? ¿encontraron atasco? ¿estaban sus reinos manga por hombro?), o qué fue de los pastorcillos cuando se acabó lo que había que ver en el portal y volvieron a la rutina del pastoreo. No se habla de las despedidas en la puerta de embarque o la puerta del coche, del trayecto desprovisto de villancicos, de la casa fría, del despertador, y del menú de lechuga para compensar los excesos. Nada se comenta de la vuelta al trabajo, al colegio de los niños o a los exámenes del primer cuatrimestre. Salvo hasta el próximo lunes, o el siguiente, cuando alguien caiga en la cuenta de que estamos en el día más triste del año.
No hay que dramatizar, se trata del síndrome post-vacacional de toda la vida (de toda la vida moderna, porque antes no teníamos ni idea de lo que era), solo que agravado por el frío, y una talla más de pantalones. Pero la solución es igual de sencilla: viajar. Como diría una rubia amiga «yo no soy feliz sin un billete de avión comprado». Aunque considerando la cuesta de enero, se puede hacer aún más sencillo: pensar en viajar , hablar de viajar, leer sobre viajar, imaginar y planear los próximos viajes.
Hace unas semanas me topé con la noticia de un señor que donó sus millas de vuelo para que otros pudieran volver a sus pueblos de origen a pasar las fiestas. Ya estáis tardando en encontrar a este benefactor y explicarle que mucho más urgente y solidario sería que donara las millas para viajar aún más lejos y recuperarnos de la vuelta de la Navidad.

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