El síndrome postvacacional existe

He leído en un artículo que el síndrome postvacacional no existe. Y lo han dicho así, tan alegremente, eliminando de un plumazo la justificación médica para todos los dramas que se viven estos días en cada oficina, en cada mostrador, en cada ventanilla. Como si toda la población trabajadora estuviera fingiendo una tos.

El síndrome postvacacional tiene que existir, porque algo tiene que explicar todo eso que nos pasa: cansancio, fatiga, insomnio, dolores musculares, falta de apetito, falta de concentración, irritabilidad, tristeza, nerviosismo… Si todos estos síntomas no merecen llamarse ‘síndrome’, ríete del de abstinencia que se cura con una caña. Y no es, como dicen algunos, ninguna excusa moderna; siempre ha estado ahí y lo sufrimos desde pequeños, aunque entonces se llamaba «Vuelta al Cole en El Corte Inglés».

Los que sí creen en él, definen el síndrome postvacacional como el «fracaso en la readaptación a la rutina después de un periodo de vacaciones». Aunque en el fondo sabes que se trata de la desazón que produce la certidumbre de que podrías estar disfrutando de una vida mejor -ésa que has palpado durante 15 días en, qué sé yo, los Caños de Meca- y de la que ahora solo te queda un tono de piel moreno que se va cuarteando y despellejando a una velocidad inversamente proporcional a la lentitud con que pasan las horas en la oficina.

No sé si hay una estadística de todos aquellos que tras una semana de vuelta en la oficina deciden liarse la manta a la cabeza -en este caso la toalla- e irse a montar ese chiringuito en la playa con el que todos hemos soñado. Supongo que serán pocos, porque al fin y al cabo las normas sociales, el sentido de la responsabilidad y la ley de costas, hacen de ese sueño algo al alcance de muy pocos. Pero lo que sí se mide es la bajada en la productividad de las empresas y el aumento de los costes sanitarios. Y aún más allá, también se argumenta el aumento de rupturas de parejas que al volver a la rutina diaria (o tal vez por las horas pasadas en un apartamento de playa de 30 metros) se dan cuenta de que no se soportan y vuelven a casa pidiendo que les devuelvan el rosario de su madre y que se queden con todo lo demás.

¿Que a dónde quiero ir a parar?  A que con el fin de evitar males mayores a la sociedad, el síndrome postvacacional no solo debería estar reconocido como enfermedad grave, sino que urge la creación de una ‘baja postvacacional’ por defecto, como la de maternidad, que permita una recuperación descansada y evite males mayores.

Entre tanto, a los consejos habituales que proliferan estos días en todos los medios y que se reducen a cumplir unos horarios y dejar pasar los días, me permito añadir alguno más: Es útil, relajante y saludable recordar que hasta el rabo todo es toro y hasta el 21 de septiembre aún es verano; que con un poco de suerte y un calentamiento global, las terrazas estarán disponibles hasta noviembre; que el otoño viene por defecto con 3 o 4 puentes estratégicamente situados para poder volver a escapar de la rutina; y que antes de que nos demos cuenta habrá turrones en los supermercados y ya habrá otro entretenimiento festivo en el que distraerse.

Si esto no te tranquiliza siempre puedes poner como salvapantallas una de esas fotos que sacaste a tus pies en algún paisaje idílico que te ayude a olvidar dónde estás.

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Patong Beach, Phuket, Tailandia

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